La crisis de precios desata el verano del descontento en Reino Unido: pobreza energética y clubs de comida para la clase media

El hogar medio británico sufrirá este año una pérdida de 3.058 euros en su poder adquisitivo y muchos hogares tendrán que decidir entre comer o poner la calefacción el próximo invierno Leer

La crisis de precios desata el verano del descontento en Reino Unido: pobreza energética y clubs de comida para la clase media

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Cuando el kilo de mantequilla llega a las 10 libras (12 euros) y llenar el tanque gasolina te sale por 100 libras (120 euros), cuando te dicen que la luz y la calefacción te van a costar hasta 3.244 libras al año (3.800 euros), y cada vez más gente se ve en el dilema entre comer o pagar las facturas, es el momento de exigir respuestas a los políticos.

Mientras los reflectores apuntan a la carrera por la sucesión de Boris Johnson, millones de británicos sienten el doble acecho de la pobreza alimentaria y energética en cuanto llegue el invierno. El hogar medio experimentará en el Reino Unido este año una pérdida de 3.058 euros en su poder adquisitivo, según estimaciones del Centre for Economics and Business Resecarch (CEPR), que atribuye la mitad la caída a la guerra en Ucrania.

La inflación ha alcanzado ya el 9,4% y se teme que pueda llegar al 12% en otoño, y el Banco de Inglaterra ya augura una recesión. El malestar social va a más en este verano del descontento marcado por las huelgas de los trenes, las caravanas de protesta contras los precios de la gasolina y las iniciativas como los clubs del pan y la mantequilla para al aliviar el peso que soportan los ciudadanos en medio del mayor «apretón» desde la posguerra.

Inspirados por los chalecos amarillos franceses y los convoys de la libertad canadienses, cientos de automovilistas, camioneros y agricultores se han sumado a las caravanas de protesta contra el precio de la gasolina en las autopistas británicas. Dos grupos creados en Facebook encendieron la mecha desde el pasado 4 de julio, con protestas en las circunvalaciones de Londres, Liverpool, Manchester, Birminghan y Cardiff.

«Es una vergüenza que estemos pagando la gasolina más cara de Europa [2,2 euros el litro] y que nuestro país sea también el que menos ha reducido los impuestos, con cinco ridículos peniques por litro», se lamenta Jamie Wiseman, uno de los impulsores del movimiento.

La policía detuvo a decenas de manifestantes durante el mes julio por circular a menos de 50 kilómetros por hora y causar «disrupción» a la población general. Los organizadores de las marchas Go Slow insisten, sin embargo, que la suya es una manera pacífica de presionar al Gobierno y a las multinacionales.

El Reino Unido ha sido también uno de los últimos países en aprobar un impuesto del 25% sobre los beneficios extraordinarios de las energéticas ante la ira popular por esas cifras récord. Shell obtuvo beneficios de 13.600 millones de euros en el segundo trimestre del 2022 y BP triplicó los suyos. La compañía de gas Centrica redondeó también sus beneficios en 1.500 millones en la primera mitad del año.

«Heat or Eat?». «¿Calentarse o comer?». He ahí el dilema al que temen enfrentarse este invierno millones de británicos ante el aumento de la factura de la energía hasta 3.800 euros. Ese el precio tope que previsiblemente establecerá en octubre el Ofgem, el organismo regulador de la energía, ante el clamor popular por las insuficientes medidas de ayuda del Gobierno.

Las facturas de la luz y el gas son los mayores contribuyentes a la crisis del coste de la vida. Según The Times, la energía puede llevarse el 25% de los ingresos de familia con más de cuatro miembros y de escasos recursos. En la hostelería, la factura de la luz puede equipararse incluso a los precios del alquiler. «Está claro que serán necesarias medidas urgentes a la salida del verano», vaticina Richard Neudegg, analista de Unswitch.com. «Los consumidores se enfrentan a un invierno extremadamente difícil y no bastará con las medidas de ahorro».

Durante una entrevista en televisión, en la antesala del turbulento verano político, a Boris Johnson le pusieron sobre la mesa el caso de Elsie, una jubilada de 77 años que comía solamente una vez al día, y pasaba horas viajando con su pase gratuito en el autobús «para estar caliente» porque la pensión no le daba para pagar la calefacción.

Pese a ser el sexto país más rico del mundo, el Reino Unido tiene una de las tasas de pobreza alimentaria más altas de Europa. Se estima que 7,3 millones de adultos y 2,6 millones de niños han experimentado serias dificultades para acceder a comida. Un millón de británicos pasan al menos un día sin comer, según datos de la Food Foundation y más de dos millones recurren habitualmente a alguno de los 2.500 bancos de alimentos que se duplicaron en todo el país tras las políticas de austeridad de la era Cameron.

La subida de precios en los supermercados ha convertido algunos alimentos básicos en productos inaccesibles para muchos: la leche desnatada ha aumentado un 26% en un año, la mantequilla un 21%, la harina un 19% y el aceite de oliva un 18%.

En Manchester, entre tanto, han surgido los denominados clubs del pan y la mantequilla (‘The Bread and Butter Thing’). «La idea es cubrir el bache de la crisis alimentaria y los precios de los supermercados», explica el fundador y CEO Mark Game, que puso en marcha la peculiar organización en plena pandemia, con la idea de abaratar hasta cinco veces (de 35 a 7,50 libras) la cesta de la compra semanal. A diferencia de los bancos de alimentos, no hace falta demostrar que se está en grave situación económica para poder ser miembro de un club TBBT (por sus siglas en inglés).

«Nos nutrimos de los excedentes de los supermercados, de frutas y vegetales descartados por su aspecto, de paquetes dañados o productos pasados de fecha pero que aún se pueden consumir», explica Game. «Cumplimos al mismo tiempo una función social y ecológica, pues aprovechamos hasta 100 toneladas de comida a la semana».

Hay ya 70 clubs funcionando sobre todo en el norte del país, con 400 voluntarios distribuyendo alimentos y 1.700 nuevos miembros cada mes. «Venimos no porque seamos pobres, sino porque nos cuesta cada vez más llegar a fin de mes», confiesa Jeremy Burton, profesor de instituto que recoge puntualmente todas la semanas su cesta en la iglesia de St. Peter. «Entre nosotros se crea una sensación de solidaridad: te das cuenta de que hay gente que tiene que elegir entre comer y pagar las facturas», añade.

La tormenta perfecta amenaza al fish & chips, el plato típicamente británico El bacalao ha subido un 75%, el aceite de girasol un 60% y la harina un 40%, según datos de la firma Company Debt. Andrew Crook, presidente de la Federación Nacional de Freidores de Pescado, lanzó la voz de alarma ante la posible desaparición de hasta un tercio de los más de 1.200 establecimientos de fish & chips.

«Estamos apretando el botón de pánico», aseguró Crook, que ha tenido que aumentar el precio de la ración por cuarta vez en lo que va de año, hasta llegar a las 8,60 libras (unos diez euros). Su restaurante, Skippers of Euxton, se está quedando solo ante el peligro en la ciudad de Chorley: «Los más afectados son los puestos de comida para llevar, que solían ser más baratos pero ya no pueden ocultar la subida de los precios». La puntilla la han puesto las sanciones económicas a Rusia, que se han traducido en aranceles del 35% para la compra de pescado blanco -principalmente bacalao y abadejo- que venía del Mar de Barents.

El anuncio del cheeseburger de McDonald’s a 99 peniques ha desaparecido de las paradas de autobuses de Londres. Durante 14 años, los 99 peniques resistieron las acometidas de pandemias y crisis financieras, pero no pudieron hacer frente al impacto de la guerra de Ucrania. «Este verano vamos a tener que añadir de 10 a 20 peniques a los productos más afectados por la inflación», anunció el director ejecutivo de McDonald’s para el Reino Unido, Alistair Macrow. El cheeseburger pasó así a 1,19 libras (1,42 euros) ante la estupefacción de los clientes asiduos a los 1.300 establecimientos de la cadena en el país.

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